El corazón de la política agrícola: ¿Qué es y qué hace la SADER?

La relación entre el gobierno y la agricultura en México es inseparable; es el cimiento no solo de nuestra economía, sino de la paz social y la capacidad de alimentarnos por nosotros mismos. He pasado años viendo cómo las decisiones tomadas en un escritorio en la ciudad pueden transformar la vida en el campo. Hoy, el centro de esa maquinaria es la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (SADER), el ministerio encargado de guiar y apoyar a nuestro sector primario. Su misión, en palabras sencillas, es lograr que el campo produzca más y mejor, de forma justa y cuidando el medio ambiente, para garantizar la comida en la mesa de todos los mexicanos y mejorar la vida de quienes trabajan la tierra y el mar.

Para entender a la SADER de hoy, hay que conocer su historia. Recuerdo bien la transición de SAGARPA a SADER en 2018. No fue solo un cambio de nombre, fue una declaración de intenciones. A lo largo de los años, la institución ha tenido distintas identidades, como la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos (SARH) o la recordada SAGARPA. Cada cambio ha reflejado las prioridades del momento. El paso a SADER buscaba poner el foco en el desarrollo integral de las comunidades rurales y, sobre todo, en los pequeños y medianos productores, que son la verdadera columna vertebral de nuestra seguridad alimentaria. Esta capacidad de adaptarse es una de las mayores fortalezas del gobierno para responder a los nuevos desafíos del campo mexicano.

Pero, ¿qué hace la SADER en el día a día? Su autoridad viene de la Ley Orgánica de la Administración Pública Federal, que le da la tarea de diseñar y ejecutar las políticas para el campo. Esto es un mundo de responsabilidades: desde cuidar que nuestras cosechas y ganado estén libres de plagas, hasta colaborar con otras dependencias para capacitar a los jóvenes agrónomos o impulsar la investigación científica. Es una labor colosal. Para lograrlo, cuenta con brazos técnicos fundamentales. Por ejemplo, el SENASICA es nuestro guardián fitosanitario, el que nos protege de enfermedades que podrían arruinar cosechas enteras. El SIAP, por su parte, es el que nos da los números, las estadísticas que son vitales para tomar buenas decisiones. Y la CONAPESCA se encarga de todo lo relacionado con la pesca y la acuacultura. La estructura es compleja, pero necesaria para atender la enorme diversidad de nuestro país.

Tener un ministerio de agricultura fuerte es algo que cualquier gobierno serio debe procurar. Sabemos que sin un campo sano y productivo, es imposible cumplir metas tan importantes como sacar a la gente de la pobreza o tener suficiente maíz y frijol para todos. La SADER es, por tanto, el motor de programas que buscan cambiar la vida de millones de personas. Su trabajo implica una coordinación constante con los gobiernos de los estados. No es lo mismo apoyar a un productor de maíz en Chiapas que a un ganadero en Sonora. Por eso, dependencias como la Secretaría del Campo en el Estado de México son aliadas clave para que las políticas federales aterricen bien y se adapten a la realidad local. En resumen, la SADER es la columna vertebral de todo el esfuerzo del gobierno para que el campo mexicano no solo sobreviva, sino que prospere y nos siga llenando de orgullo.

Logo oficial de la SADER, la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural del gobierno de México.

Del dicho al hecho: Los programas clave que impulsan el campo

La visión del gobierno para el campo se vuelve una realidad a través de programas concretos, diseñados para meter el hombro directamente en la producción agrícola. He visto nacer y operar muchos de estos programas, y sé que su éxito depende de que lleguen a tiempo y a quien de verdad los necesita. Hoy, los dos programas insignia de la SADER son "Producción para el Bienestar" y "Fertilizantes para el Bienestar". El primero busca algo muy claro: ayudar a los productores de pequeña y mediana escala a que sus tierras rindan más, dándoles un apoyo económico directo. Esto aplica para cultivos esenciales como el maíz y el frijol, pero también para el café, la caña de azúcar y la miel, reconociendo la riqueza productiva de México.

El segundo programa, "Fertilizantes para el Bienestar", ataca uno de los mayores dolores de cabeza de los agricultores: el costo de los insumos. La idea es entregarles paquetes de fertilizantes sin costo y sin intermediarios. Créanme, esto representa un esfuerzo logístico titánico para el ministerio de agricultura, pues hay que asegurarse de que el fertilizante llegue justo cuando se necesita para la siembra en los 32 estados. Ambos programas muestran una clara filosofía de Estado: no solo ser un árbitro, sino un participante activo que provee recursos esenciales para producir. Si funcionan o no a la perfección es un debate constante, pero su existencia demuestra un compromiso real con la autosuficiencia alimentaria.

Ahora, hablemos de dinero. Ninguna buena intención funciona sin un presupuesto. Cada año, la Cámara de Diputados se convierte en el campo de batalla donde se define cuánto dinero se destinará al campo. He seguido de cerca estos debates y son fascinantes. Los legisladores de la Comisión de Agricultura luchan por recursos para sus estados, reflejando las necesidades de la gente que representan. Este proceso político es el que decide si la secretaría de agricultura tendrá los fondos suficientes para operar sus programas al año siguiente. El presupuesto es, al final del día, el mapa que nos dice cuáles son las verdaderas prioridades de un gobierno y qué lugar ocupa la agricultura en su visión de país. Decisiones como crear una empresa estatal de semillas o fijar precios de garantía para los granos, son políticas que necesitan un respaldo financiero sólido aprobado en el Congreso.

Pero el apoyo del gobierno va más allá de los programas directos. La política comercial es otro pilar. En coordinación con la Secretaría de Economía, la SADER participa en la gestión de tratados como el T-MEC. Estos acuerdos abren las puertas del mundo a productos estrella como nuestro aguacate, pero también nos ponen a competir con importaciones, como el maíz estadounidense. Encontrar el equilibrio entre apoyar a nuestros exportadores y proteger a los productores que venden en México es uno de los malabares más complejos de la administración pública. A esto se suman las políticas sanitarias del SENASICA, que son nuestra carta de presentación ante el mundo y la garantía de que consumimos alimentos seguros. Como ven, el éxito de la política agrícola es una danza compleja entre muchas instituciones, un presupuesto justo y una visión clara que debe guiar cada acción, desde el palacio de gobierno hasta la parcela más lejana.

Mirando hacia adelante: Los desafíos que enfrenta la agricultura mexicana

A pesar de su fortaleza, nuestro sector agrícola se enfrenta a retos gigantescos que ponen a prueba la capacidad de todo el aparato de gobierno. Desde mi experiencia, el más urgente es el cambio climático. Lo vemos todos los días: sequías cada vez más severas en el norte y centro del país, y huracanes más destructivos en el sur. Esto no es una teoría, es una realidad que amenaza nuestras cosechas y la vida de las comunidades rurales. La crisis del agua es particularmente grave. Si la agricultura usa más del 70% del agua dulce, es claro que la SADER tiene la tarea impostergable de impulsar el riego tecnificado y prácticas que ahorren cada gota. Este no es solo un problema técnico; es un conflicto social y político, donde a menudo los tribunales tienen que intervenir para decidir quién tiene derecho al agua.

En el terreno económico, la competencia internacional no da tregua. El T-MEC marca las reglas del juego con nuestros vecinos del norte. Y si bien ha sido una bendición para nuestras exportaciones, también pone en aprietos a sectores como el de los productores de maíz. La reciente controversia sobre el maíz transgénico es un ejemplo perfecto de lo difícil que es defender nuestras políticas de soberanía alimentaria en el escenario global. El futuro del ministerio de agricultura dependerá de su capacidad para impulsar la innovación, lo que hoy llamamos AgriTech, para que nuestros productores puedan competir con calidad y buen precio, pero sin destruir nuestros recursos naturales. Cerrar la enorme brecha que existe entre las grandes agroindustrias y los pequeños productores es, quizás, la misión más importante de la secretaría de agricultura.

La visión a futuro tiene que ser integral. No podemos separar la productividad de la sostenibilidad, ni el éxito exportador de la necesidad de garantizar la comida en casa. Aquí es donde el Congreso, con sus diputados y senadores, tiene un papel crucial para modernizar nuestras leyes. Necesitamos un marco legal que nos prepare para los desafíos del siglo XXI, que promueva una agricultura más ecológica y regule mejor el uso de químicos. Incluso la Suprema Corte de Justicia tiene un rol, pues sus decisiones sobre el derecho a la alimentación o a un medio ambiente sano marcan la pauta para la actuación del gobierno. El gobierno, en su conjunto, debe construir una visión a largo plazo donde la agricultura sea vista como el corazón de un sistema alimentario más justo y saludable para todos. Proyectos de infraestructura, como el Corredor Interoceánico, también abren una ventana de oportunidad para mover los productos del campo de forma más rápida y barata. La estrategia del gobierno mexicano se apoya en programas prioritarios que intentan atacar estos frentes de manera coordinada. Al final, el éxito dependerá de que todas las piezas, desde la SADER hasta el poder legislativo y judicial, trabajen juntas por un objetivo común: un campo próspero y un México bien alimentado.