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1. ¿Qué es una República y cómo se organiza el poder en México?
Mucha gente escucha la palabra 'república' y piensa en algo solemne o histórico. Pero en realidad, es un concepto muy práctico que nos afecta a todos. Viene del latín res publica, que significa 'la cosa pública' o, como me gusta decir, 'lo que es de todos'. En esencia, una república es una forma de gobierno donde el poder no le pertenece a un rey o a una sola familia para siempre. Aquí, el poder es de los ciudadanos. Nosotros, a través del voto, elegimos a personas para que nos representen y tomen decisiones en nuestro nombre por un tiempo limitado. Esa es la base de todo. México eligió este camino desde que se independizó, y es el corazón de nuestra Constitución. A lo largo de mi carrera, he visto cómo este principio, aunque a veces imperfecto, es la mejor defensa que tenemos contra la tiranía.
Nuestra Constitución, la de 1917, lo dice claro en su artículo 40: México es una República representativa, democrática, laica y federal. Cada palabra tiene un peso enorme. 'Representativa' es que no gobernamos todos al mismo tiempo, sino a través de quienes elegimos. 'Democrática' porque esa elección se basa en el voto libre de la gente. 'Laica' porque el gobierno y las religiones van por caminos separados. Y 'federal' porque somos una unión de estados que, aunque forman un solo país, tienen su propia autonomía para resolver sus problemas locales. Créanme, entender esto es fundamental para saber quién es responsable de qué en nuestro país.
Para evitar que una sola persona o grupo acumule demasiado poder, la república lo divide en tres grandes ramas, como si fuera un pastel que se reparte para que nadie se quede con todo. Esta es la famosa división de poderes:
- Poder Ejecutivo: Es el Presidente de la República. Él es el jefe de gobierno y la cara de México ante el mundo. Se encarga de administrar el país día a día, de aplicar las leyes y de dirigir a las fuerzas armadas. Gobierna por seis años y no se puede reelegir, una regla de oro para asegurar que el poder se renueve.
- Poder Legislativo: Es el Congreso de la Unión, que a su vez se divide en dos: la Cámara de Diputados y la Cámara de Senadores. Piénsenlo como el lugar donde se discuten y se cocinan las leyes que nos rigen a todos. Los diputados representan directamente a los ciudadanos, y los senadores a los estados de la federación. Su trabajo es crear las reglas del juego, pero también vigilar al Presidente y aprobar cómo se gasta nuestro dinero (el presupuesto).
- Poder Judicial: Aquí están los jueces, magistrados y ministros, con la Suprema Corte de Justicia de la Nación a la cabeza. Su chamba es importantísima: interpretar las leyes y la Constitución para resolver conflictos y asegurarse de que nadie, ni el propio gobierno, viole la ley. Son los árbitros que protegen nuestros derechos y mantienen el equilibrio entre los otros dos poderes. Su independencia es vital; sin ella, la ley sería solo papel mojado.
Esta estructura es como el esqueleto de nuestro país. Las tensiones y equilibrios entre estos tres poderes definen nuestra política todos los días. No es un sistema perfecto, es un proyecto que seguimos construyendo y que necesita de ciudadanos que lo entiendan para poder mejorarlo.

2. El motor de la democracia: Elecciones, partidos y candidatos
Si la división de poderes es el esqueleto, las elecciones son el corazón que bombea vida a nuestra república. Es en las urnas donde la idea de que 'el poder es del pueblo' se vuelve una realidad tangible. Para que este proceso sea confiable, tenemos instituciones autónomas que actúan como árbitros. El más conocido es el Instituto Nacional Electoral (INE), que organiza las elecciones federales, prepara la lista de votantes e instala las casillas. El otro jugador clave es el Tribunal Electoral (TEPJF), que es como el 'VAR' de la política: resuelve las quejas, anula casillas si hubo trampas y al final dice quién ganó legalmente. He visto de cerca su trabajo y, con todo y sus áreas de oportunidad, son un pilar para la estabilidad del país.
El camino para llegar a ser candidato es interesante. La vía tradicional es a través de los partidos políticos. Estas organizaciones proponen ideas, arman plataformas y nos presentan opciones para que elijamos. Reciben dinero público para que, en teoría, la competencia sea más pareja y no dependan de intereses oscuros. Sin embargo, todos sabemos que su funcionamiento y transparencia son un tema de debate constante. Por eso, hace unos años se abrieron las candidaturas independientes, una puerta para que ciudadanos sin partido puedan competir si logran reunir un número de firmas de apoyo. Es un intento por refrescar la política y acercarla más a la gente.
Luego vienen las campañas electorales. Ese periodo intenso donde los aspirantes a gobernarnos recorren el país, nos inundan de anuncios y se enfrentan en debates para convencernos. Hay reglas para todo: cuánto pueden gastar, cómo deben usar la radio y la televisión, etc. Pero seamos honestos, siempre hay retos enormes. El dinero de procedencia dudosa, el uso de apoyos sociales para comprar votos o la plaga de noticias falsas en redes sociales son veneno para nuestra democracia. Como ciudadanos, nos toca estar más alertas que nunca para separar el grano de la paja.
Una vez que votamos y tenemos ganadores, el trabajo apenas comienza. El gobierno que surge de las urnas tiene que responderle a todos, no solo a sus votantes. En un Congreso tan plural como el nuestro, es muy raro que un solo partido tenga todo el poder. Esto obliga a los políticos a dialogar, a negociar y a construir acuerdos para sacar adelante al país. He visto gobiernos paralizados por la soberbia y otros que avanzan gracias al diálogo. Esa capacidad de construir puentes es señal de madurez política y es esencial para que México funcione.
3. Los grandes retos: Corrupción, justicia y el futuro del país
A pesar de tener una estructura bien pensada en el papel, nuestra república enfrenta monstruos que la debilitan desde adentro. Hablar de ellos no es ser pesimista, es el primer paso para poder solucionarlos. Esta es una tarea que nos involucra a todos, no solo a quienes nos gobiernan.
El cáncer más grande, y lo digo con toda la frustración de quien lo ha visto por décadas, es la corrupción. Es ese dinero que debería estar en medicinas, en escuelas o en calles pavimentadas, pero que termina en bolsillos privados. La corrupción nos roba oportunidades y, peor aún, nos roba la confianza en todo. Se creó un Sistema Nacional Anticorrupción que intenta coordinar esfuerzos para combatirla, pero la verdad es que falta mucho. Sin una voluntad política de acero, un sistema de justicia que castigue sin distinción y una ciudadanía que no la tolere, seguiremos estancados. La honestidad no es una opción, es la base de un gobierno legítimo.
De la mano va el reto del Estado de Derecho, una frase que suena elegante pero que significa algo muy simple: que la ley se aplique para todos por igual. Cuando vemos que la delincuencia queda impune o que la justicia parece tener precio, sentimos que esa promesa está rota. Fortalecer a nuestras policías, fiscalías y juzgados es urgente. Necesitan recursos, capacitación y, sobre todo, independencia para hacer su trabajo sin presiones. Lograr que cualquier ciudadano, sin importar su dinero o sus contactos, pueda acceder a una justicia real es la condición indispensable para vivir en paz.
Otro gran debate es sobre el federalismo. ¿Recuerdan que somos una unión de estados? Pues la discusión eterna es cómo repartir el poder y el dinero entre el gobierno central y los gobiernos estatales y municipales. Algunos creen que se debe centralizar más para asegurar que todos los mexicanos reciban la misma calidad de servicios de gobierno. Otros, entre los que me incluyo, creemos que fortalecer a los municipios y a los gobiernos estatales es clave para que las soluciones se adapten a las necesidades reales de cada comunidad. Encontrar ese equilibrio es uno de los rompecabezas más complejos de nuestra administración pública.
Finalmente, el futuro de nuestra república depende de su capacidad para defender a las instituciones que sirven de contrapeso al poder. Órganos como el INE, el INAI (el de la transparencia) o la CNDH (Derechos Humanos) no son un lujo. Son como los frenos de un coche: no están ahí para estorbar, sino para evitar que nos estrellemos. Cuando desde el poder se les ataca o se les debilita, se pone en riesgo el equilibrio que protege al ciudadano. Preservar su autonomía es fundamental.
El camino para consolidar una república más justa y eficaz es largo. Exige de nosotros, los ciudadanos, estar informados, ser críticos, participar y exigir cuentas. Porque al final del día, la 'cosa pública' es nuestra, y solo con el compromiso de todos podremos construir el México que anhelamos, un país donde los principios de libertad, igualdad y justicia se vivan todos los días y no solo se lean en la Constitución.
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